Si sometemos el escenario actual de Latacunga a un análisis de sistemas complejos, el diagnóstico es claro: el poder está fragmentado y la gobernabilidad es un bien escaso. La frialdad de los datos electorales nos arroja una verdad incómoda a la cara, las últimas dos alcaldías se ganaron con apenas el 24.75% y el 26.15% de los votos. Esto no es un dato menor; significa que, sistemáticamente, tres de cada cuatro ciudadanos no confiaron en el ganador desde el primer día, convirtiendo a Latacunga en una «ciudad de minorías».
Empezó la fase de apertura, esos primeros movimientos donde se define quién controla el centro del tablero y quién queda expuesto. En este juego, la intuición del político tradicional ya no alcanza. Siendo sinceros, la batalla en 2027 no se ganará con propuestas racionales, sino conquistando el cerebro político del votante a través de la investigación científica, entendiendo que la gente decide por emoción visceral y luego justifica su voto con la razón.
El enroque de supervivencia
En ajedrez, el enroque es la maniobra defensiva por excelencia: el rey abandona el centro expuesto para resguardarse, al tiempo que activa una torre para el contraataque. Para quienes buscan la reelección, atrincherados y bajo asedio, esta es la jugada obligatoria. El «rey» está amenazado por la percepción de ineficiencia, que en política es la única realidad que importa. El desgaste natural del poder ha convertido las promesas en facturas por cobrar y el «voto de esperanza» en decepción.
En este punto, el peor error es caer en el pesimismo defensivo, pues está demostrado que las emociones tristes no movilizan. Su jugada maestra para estos meses no está en prometer macroproyectos en los que nadie cree, sino en la micropolítica: ejecutar pequeños actos de gobierno con gran impacto simbólico diario, cambiando la narrativa de la queja por la de las pequeñas victorias cotidianas. Deben investigar, no suponer, para detectar el dolor exacto de la ciudad y sanar esa herida antes de pedir el voto nuevamente.
Piezas que quieren coronar
En los flancos, intentando avanzar para convertirse en piezas más visibles, aparecen concejales y autoridades del gobierno central que aspiran dar el salto a la alcaldía. Su desafío no es de visibilidad, sino de identidad.
Para los concejales, el problema es de posicionamiento: son vistos como parte del «sistema» que no funcionó. Si critican al alcalde, se contradicen porque pertenecen a su concejo; si lo aplauden, comparten el desgaste. En ninguna de las dos orillas pueden limitarse a ser peones; necesitan aplicar la «ley del opuesto» para diferenciarse radicalmente del estilo de liderazgo actual.
Por otro lado, las autoridades del gobierno central cargan con un destino prestado, son pasajeros en un barco que no conducen. Si la popularidad presidencial fluctúa, ellos sienten el golpe. Su estrategia de supervivencia es urgente, no pueden depender de la marca presidencial. Deben apalancar su gestión actual para construir una marca personal con luz propia. Necesitan que el electorado los reconozca por su eficiencia individual —«el Gobernador que resuelve», «el Asambleísta que gestiona»— y no simplemente como delegados de un poder lejano. Solo una marca personal sólida les permitirá flotar si el barco nacional enfrenta aguas turbias.
El ataque sorpresa
Quizás la jugada más disruptiva ocurre fuera de las casillas tradicionales, en ese inmenso «océano azul» donde nadan los votos nulos, blancos y el ausentismo. Aquí es donde los outsiders —empresarios, médicos, figuras ciudadanas— tienen su oportunidad de oro. En un contexto de posverdad y desencanto, las campañas racionales no funcionan; lo que rompe el esquema son las campañas de color y el contraste emocional fuerte.
Estos perfiles son lienzos en blanco, algunos libres de pasado político. Su éxito dependerá de romper el molde del candidato tradicional abandonando la retórica de manual y la estética de valla publicitaria para conectar desde la autenticidad radical. No deben convertir la decepción colectiva en planes de gobierno aburridos, sino en una causa moral que despierte a los dormidos. Sin embargo, su verdadero talón de Aquiles es la falta de casillero electoral: tienen el combustible (cierta popularidad) pero carecen de un barco para llegar a puerto (un partido político). Su reto inmediato es hacer valer su peso utilizando cifras de arranque y potencial crecimiento para que los partidos habilitados los regresen a ver.
Jaque al sistema de partidos
Finalmente, las grandes estructuras enfrentan un dilema existencial. Partidos como Revolución Ciudadana o Pachakutik, con fuerte carga ideológica, tienen cimientos electorales importantes, pero un «techo de cristal» que bloquea su crecimiento en los sectores urbanos modernos. Su único camino es la flexibilidad táctica, es decir, esconder la rigidez ideológica para mostrar rostros más ciudadanos y de mente abierta.
En el lado opuesto del tablero, la fuerza política del gobierno (ADN), siendo una marca nueva, no debería cometer el error de buscar adentro lo que no tiene. O que por lo pronto, no parece tener. Su mejor movimiento es el pragmatismo: fichar a un externo con tracción propia y potenciarlo. Porque al final del día, con honestidad brutal, la gente no elegirá al mejor administrador de recursos, sino a quien logre descifrar la emoción colectiva. La partida ha comenzado, y en este juego de estrategias, gana quien se atreva a sacrificar lo predecible para ganar lo imposible.
