La moneda de cambio del poder hoy no es el voto, ni siquiera el dinero, es la atención. Acabé «Consumidores de atención» de Roberto Palacio, mi último libro del año, y la alerta es clara: sin atención profunda no hay política, solo espectáculo. ¿Estamos diseñando estrategias para despertar ciudadanos o solo para entretener usuarios?
Fin del ciudadano
Ya no vivimos en la sociedad del espectáculo clásica, sino en una «realidad de segundo orden». El ciudadano ha sido reemplazado por el usuario que busca validación algorítmica. Ya no habitamos el territorio físico —donde ocurre la política real—, sino en una «egoteca digital» donde somos producto, vendedor y consumidor a la vez.
Economía del atencionalismo
Un Gen Z pasa 8 horas diarias en pantalla (6 en TikTok). El problema no es solo el tiempo, es la calidad de la atención. Vivimos en una atención «aditiva» (fragmentos discretos, un scroll infinito de cosas que pasan pero no cuentan nada), en lugar de una atención «narrativa» que construye historia y sentido. Como consultores, si solo buscamos views, estamos alimentando una mente incapaz de seguir un hilo narrativo complejo, esencial para cualquier proyecto político serio.
La política es fricción
Este es el insight más potente del libro: un like es el graffiti moderno, solo deja testimonio de «estuve aquí», pero no construye nada. Las apps eliminan la fricción, pero la política es fricción, debate e incomodidad. Estamos hiperconectados, pero no vinculados. Sin la fricción de la presencia real del «otro», no hay ritual ni resonancia, solo ruido digital.
Fábrica de populismo
Al perder el contacto con el mundo físico, perdemos seguridad ontológica. Una sociedad frágil no busca soluciones, busca salvadores. El populismo digital prospera aquí porque ofrece una validación inmediata a esa ansiedad, sustituyendo la construcción de comunidad real por la pertenencia efímera a un enjambre digital.
El reto
La rebelión no es solo apagar el celular, es lo que Palacio llama «desengancharse hacia adentro». Este viaje interior no es aislamiento, paradójicamente pasa por los demás. Para volver a mirarnos a nosotros mismos —autoconciencia—, tenemos que volver a mirar al otro realmente, no a su proyección digital. El reto estratégico es dejar de tratar al elector como un adicto a la dopamina y diseñar espacios donde sea posible «sostener la mirada» y recuperar la atención profunda.
La portada
«Eco y Narciso» de Waterhouse es la metáfora perfecta: somos Narcisos modernos ignorando el mundo real. Nuestro estanque ya no es de agua, sino una pantalla, donde nos consumimos en un bucle infinito de validación digital.

