Tomado del libro «Recovecos de la Historia» de Rodrigo Borja Cevallos.
Fue precisamente en ese viaje, mi primero a Europa, cuando Plinio Fabara y yo discutíamos entusiastamente en ‘los madriles’ acerca de Franco. Íbamos en un taxi. Plinio defendía determinados aspectos del gobierno, mientras que yo no hacía concesión alguna al ‘panzón Franco’. En un momento dado, regresó su mirada el taxista y me dijo:
— Señor, sepa usted que aquí no se pueden decir esas cosas del Caudillo.
— Concrétese a manejar, le respondí.
Y siguió la discusión.
Después de unos minutos el taxi se detuvo en un lugar y pensé que habíamos llegado a nuestro destino. Bajó el chofer y en cuestión de unos segundos regresó con dos hombres, uno de los cuales me dijo:
— Está usted detenido. ¡Bájese!
Plinio quiso bajar conmigo, pero el hombre le indicó que siguiera su camino.
Entramos a un gran edificio en la plaza Puerta del Sol. Me condujeron a un sótano y me encerraron en una habitación sin ventanas, en cuyo centro había una pequeña mesa y dos sillas, una frente a la otra. Daba vueltas por la pequeña habitación. No sabía qué suerte me deparaba. Todo lo que había leído del franquismo no me auguraba nada bueno. Al cabo de tres horas, oí que removían el cerrojo y entró un señor vestido de paisano que se presentó como el Mayor tal. Me ordenó sentarme y él ocupó la silla de enfrente, separados por la pequeña mesa alargada. Mi sospecha de que estaba en la sede de la seguridad política del franquismo resultó verdadera. Y muchos de los taxistas —lo supe después pertenecían— al servicio secreto.
Fui sometido a un interrogatorio interminable, que empezó por el lugar de mi alojamiento en Madrid. Le respondí que el hotel Bristol de la Gran Vía. Tomó nota. Llamó a un agente y le entregó un pequeño papel escrito. Nada quedó fuera de la curiosidad del Mayor: ni mi origen, ni mis antecedentes, ni el motivo de mi presencia en España, ni mis convicciones políticas, ni mi vinculación con organizaciones de izquierda. Nada. De vez en vez interpolaba afirmaciones desconcertantes mientas encendía un cigarrillo:
— Hace pocas horas lo vieron hablando con el fulano de tal …
— Es la primera vez que oigo ese nombre, respondí.
— Quiero que sepa que usted estaba vigilado y que se siguieron todos sus pasos.
— Esta bien. Pero no conozco a esa persona.
Y volvió a la carga:
— Hemos registrado que usted entró en una casa en tal calle …
— ¿Cuándo?
— ¡El único que pregunta soy yo!
— Mire, he venido de turismo, no he estado en ninguna casa. Le repito que formo parte de un grupo de veinte estudiantes ecuatorianos que organizamos esta gira de fin de estudios por Europa. Acabamos de llegar de Francia.
Al principio me desconcertaron esas preguntas, digo mal: estas afirmaciones, porque preguntas no eran; pero después tuve claro que eran trampas que me tendía el hombre para sacarme ‘de mentira a verdad’, como dicen en mi tierra.

Bueno no quiero alargar el cuento. Para mi buena fortuna el investigados resultó más racional de lo que me había imaginado. No fue de aquellos que ‘tienen, por eso no lloran, de plomo las calaveras’.
— Por esta vez va a quedar libre, pero sepa usted que aquí exigimos el máximo respeto a la autoridad.
— Bueno, Mayor, gracias.
Dos gendarmes, tocados con el inconfundible tricornio de la guardia civil española —aquella que llevó ‘como con codo’ a Federico García Lorca hacia su fusilamiento de ‘óxido, cristal y níquel’—, me condujeron a la puerta.
Al salir a la luz del día recordé la placa metálica incrustada en el interior de un tranvía, que había leído la víspera en compañía de Ramiro Silva del Pozo: “Prohibido hacer aguar y blasfemar”.
¡Esa era la España de los sesenta!
Una España que la guerra civil había dividido en dos mitades ‘ellos’ y ‘nosotros’. Irreconciliable división que perduró a lo largo del régimen franquista porque al que discrepaba de las verdades oficiales le cortaban el cuello.
Hace no muchos años conocí la pequeña y hermosa ciudad de Cuenca, con sus casas colgantes sobre el profundo murallón del río Huécar. Recorrí sus calles angostas, tortuosas y empinadas, su Plaza Mayor de juguete, la casa barroca del Ayuntamiento, el Palacio Episcopal, la torre de Mangana, la catedral —que fue una de las manifestaciones tempranas del gótico español— levantada sobre la antigua mezquita.
Encontré, curiosamente, un notable parecido entre nuestra querida y pintoresca Santa Ana de los Cuatro Ríos de Cuenca, con sus casas colgadas sobre el barranco del Tomebamba, y la Cuenca de Castilla-La Mancha fundada siglos antes sobre la antigua alcazaba de los árabes con sus viejas casas que se asoman hacia el escarpado tajo del río.
Al atardecer, en la vieja estación, sentado en la banca junto a un viejito, esperaba el tres de regreso a Madrid. Nos pusimos a conversar. Me contó que había participado en la guerra civil: en la feroz y encarnizada guerra civil que dejó cerca de un millón de muertos y que partió en dos a España.
— ¿Ve usted esa quebrada?, me preguntó.
— Claro que sí.
Pues hacia ese lado estábamos, en nuestras trincheras, las nacionales, y allá los rojos. Yo peleaba en el bando nacionalista. Nos preparábamos esa tarde para un nuevo y sangriento combate. Sólo esperábamos órdenes para atacar. De pronto se oyeron unos gritos al otro lado de la quebrada: “¡Qué se ha hecho la paz!”, “¡qué se ha firmado la paz!”, “¡viva la paz!”. Y nuestros enemigos, con los fusiles en alto, salieron de sus trincheras a pecho descubierto. Sorprendidos y todo, hicimos lo mismo. Ellos y nosotros cruzamos la quebrada y nos confundimos en un solo abrazo. Todos llorábamos. ¡Se había hecho la paz después de tres largos años de matarnos entre hermanos!
Al viejito, son sólo recordar, se le llenó el rostro de lágrimas, que le bajaban por los profundos surcos marcados por el tiempo.
A mí se me erizó la piel en sólo imaginar el episodio.
Vino el tres. Le ofrecí ayuda para abordarlo pero me dijo que esperaba a su hijo. Nos despedimos. Y me quedé pensando en la irracionalidad de las guerras civiles, que en nombre de ambiciones ajenas enfrentan a hermanos contra hermanos, y en la avilantez de los gobiernos que en lugar de cicatrizar las heridas, las avivan y las enconan para sacar provecho de ellas.
